Cuando el móvil vibró ya sabía lo
que iba a tener que ver al desbloquear la pantalla. Quizá por ello le costara
diez intentos acertar con el patrón de desbloqueo. Bajó lento la ventana
superior, como si al hacerlo de una forma pausada el mensaje fuera a ser más
misericorde con él.
“¿Qué te pasa? ¿Estás bien?”
Había paladeado tantas excusas
para cuando su etílico WhatsApp de anoche fuera contestado que tenía más o
menos clara la respuesta, pero al verlo ahí, con la lucecita blanca superior
parpadeando, se quedó bloqueado.
Cuarenta y tres minutos, dos
eclipses, un paso del cometa Halley y el embarazo de un elefante después, se
decidió a contestar. Era consciente de
que nada de lo que dijera iba a borrar de la memoria su pifia, pero había que
intentarlo. Nunca había sido amigo de eso de ‘la callada por respuesta’.
“Había salido… Y… No sé… Debí coger el móvil y… Bueno, que lo siento…”.
Qué aplomo, qué seguridad. Qué orgulloso estaría Pericles de su oratoria,
joder. Apagar el móvil acto seguido fue la mejor decisión que había tomado en
las últimas horas. Quizá la única sensata. Y así transcurrió el domingo, que
fue pasando como las cosas que no tienen mucho sentido, por pura y mera
inercia.
Por primera vez en su vida se
durmió antes de las 21, quizá por ello decidiera quejarse de la espalda al
meterse en la cama, por hacer de sí mismo la completa caricatura de un señor de
85 años. Deseaba con todas sus fuerzas que llegara el lunes, y que la marea de
la rutina le evitara destrozarse el cerebro a base de darle vueltas.
Desde luego, la semana que siguió
no pasaría a la historia por su relevancia, estaba siendo un puto coñazo,
hablando en plata. Con la salvedad de una especial apatía en el trabajo, que
lejos de ser algo negativo, le ayudó a aguantar con cierta maestría las quejas
y ‘amables sugerencias’ de sus jefes.
La valoración general que hacía de
su estado en esos momentos era de ‘simpático
gilipollas’. Es decir, ¿a qué venía estar así ahora? ¿Por qué no hace seis
meses que es cuando tenía sentido? Nunca había sido muy diestro en eso de
autoanalizarse. Ni en eso de sentir cosas normales, para qué se iba a engañar,
y no parecía que eso pudiera cambiar de un momento para otro.
Pensó, con buen criterio, que unos
días de autoimpuesta soledad podrían ser buenos, por lo que cambió la rutina
habitual de sus tardes de siesta y pajas deporte por paseos bajo la
lluvia y onanismo bienintencionado.
Otro error. ¿Qué manía tenían las
parejas de pasear de la mano? ¿Era necesario? ¿En su cara? Se había convertido
en el protagonista de un programa de madrugada de Discovery Max. El simpático y
joven vecino que siempre saludaba y acabó asesinando a jóvenes parejas en los
jardines de un tranquilo pueblo de Wisconsin. No andaba tan lejos de acabar
así.
Pero algo que encontró es
tranquilidad, y no estaba tan mal. Poco a poco acertaba a comprender que lo que
le afligía, tras tanto tiempo, era el peso de lo que no pudo ser, y que o lo
aceptaba o se enrocaba. Se dio un ultimátum. Y sabía que no tenía otros cojones
que cumplirlo.
Llegó el viernes, y las promesas
de sus colegas de echar unas cervezas y
lo que surja le parecieron más atractivas que nunca. Empezó la tarde con un
regusto a reminiscencias de hace una semana que no acababa de convencerle, pero
las bromas, los chistes y las copas volaban, y no se estaba tan mal.
Fue algún momento en torno a las 2
de la mañana en el que decidió que debía irse. Algo le decía que esa noche
debía parar ahí. Quizá fuera el hecho de que hacía un frío de muerte, que ya
había esquivado por centímetros los puñetazos de dos tipos que discutían sobre
quién había mirado mal a quién, o simplemente que le apetecía dormir y punto.
Esto sí que no le recordaba en
nada a la semana anterior. Se estaba metiendo a dormir feliz, con la conciencia
tranquila, con una cantidad etílica en sangre considerablemente inferior y,
sobre todo, en su propia cama.
Sin palabras :). Qué sencillez a la hora de expresar la complejidad de unos sentimientos tan pesados y unas emociones tan vivas, me encanta...
ResponderEliminar