viernes, 8 de enero de 2016

V

Una semana después de aquel acontecimiento, y tras siete días con sus siete noches plagadas de remordimientos, excusas y justificaciones, algo hizo clic. Sabía de su condición de enfermizo enamorado, de nostálgico soñador que añoraba una vida que otrora le hizo feliz, pero ese día no. Ese día amaneció con un cariz distinto. Amaneció con un optimismo que recordaba el pasado con una incoherente lejanía hacia lo que sentía (o creía sentir) sólo unos pocos días antes.

Se levantó, se hizo un café y se sentó en el escritorio de su habitación, frente al ordenador. Lo encendió, y puso música. Cogió papel  y boli y se puso a escribir. Podréis pensar que podía haber abierto el Word, si, que para eso estamos en el siglo XXI y que para algo Steve Jobs se enfrentó a medio mundo, pero qué poco empaque habría tenido eso. Si alguno de sus cajones hubiera albergado pluma y pergamino, éstos habrían sido el soporte elegido.

Y dijo así.

Buenos días, fantasmas del pasado.

Esta carta es para vosotros, o para ti. Si la escribo hoy es por una razón tan simple como extraña de asimilar por mi parte. Hoy, y solo hoy estoy seguro de que ya no te quiero. Por lo menos no como te quería.

Hoy y sólo hoy estoy siendo perfectamente consciente de que no necesito un gesto tuyo para sonreír, entre otras muchas razones, porque hacía tiempo que ya no tenía ningún sentido esperarlos.

Quiero pedirte perdón. Quiero, mediante estas líneas, disculparme por todos los fallos que haya podido tener y por todo el daño que haya podido causarte. Creo que nunca he sido consciente de qué hacía, ese amor que me embargaba ha terminado por emponzoñarme, haciendo de mí un ser que actuaba sin consciencia. Considero que esos fallos, además de putearme a mí, estaban generando en ti un estado de cierta tensión (“a ver cuál es el próximo episodio de éste gilipollas…”) que no quisiera crear.

No sé en qué momento ha llegado, pero ha llegado un clic a mí que me ha hecho ver que el camino en el que estoy no hace otra cosa que empeorarme como persona, y considero que algo tan bonito como el amor no debe ser un instrumento para ello.

No acabo de comprender qué me ha pasado durante todo este tiempo. Me resulta paradójico el hecho de llevar casi medio año tratando de olvidar algo que tardé medio minuto en comprender, pero me alegra haber llegado casi ileso a la orilla.

Hoy, por fin y de una puta vez, soy consciente de que no te necesito. De que puedo ser capaz de avanzar como un día creí que podía hacerlo, y me gustaría dejar constancia de ello. Este viaje llamado ‘olvido’ me ha llevado a un punto demasiado alejado de mí, y ahora debo volver sobre mis pasos para reencontrarme. Estoy en ello.

Sirvan estas líneas como punto de partida de dicho viaje de vuelta.

Por último, agradecerte la paciencia que has tenido aguantando mis gilipolleces estos meses, y pedirte que te quedes con todo lo que precedió a la tormenta en que convertí nuestra relación post-ruptura. Quédate con esa alegre tarde soleada en que ‘tú y yo’ fuimos ‘nosotros’. Así lo haré yo.

Un beso.

Siempre te querré quise.


Y fin. Recostó la misiva sobre un altavoz para poder leerla con cierta distancia. De fondo sonaba algo de Carlos Chaouen, lo cual dotaba de un empaque poético a la situación de una altura de la que no era digno.

Leyó, releyó y volvió a leer lo que acababa de escribir. Tuvo que detenerse un par de veces, no para llorar, sino para vomitar arcoíris. Desde luego era mucho más ñoño de lo que le gustaría, pero estaba contento con lo que había plasmado.

Tras ello, dobló la carta con sumo cuidado para introducirla en un sobre y se fue a la calle. De haber sido un poco más previsor habría comprobado que estaban en medio de la típica ciclogénesis explosiva de todos los años en los que los termómetros bajaban al bajo cero y los vientos racheaban como Ferraris, pero ya era demasiado tarde para pretender tener sensibilidad en los dedos de los pies.

Con la carta en su haber emprendió el rumbo hacia Correos… Hasta que se detuvo. Se detuvo y en vez de entregársela al funcionario encargado de hacérsela llegar a su destinataria, la rompió. En dos pedazos, que luego fueron cuatro, y que se fueron multiplicando hasta hacer acopio de un confeti maravillosamente blanco.
Abrió la mano y dejó que ese viento que estaba criogenizándolo cual Walt Disney se llevara los pedazos del escrito.

Al fin y al cabo, ¿para quién era esa carta? Para nadie. Para él. Serviría para poner un nuevo inicio y a su vida sentimental. Un punto de partida con mirada clara hacia el futuro. Estaba renaciendo. Joder, era el puto ave fénix.


Era el rey del mundo en su mente, aunque visto desde fuera no era más que un gilipollas en chándal, con las manos en los bolsillos y corriendo porque se estaba jodiendo de frío.


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