martes, 5 de enero de 2016

II

‘Qué poco me dura la alegría, joder’. Pensó en lo que llegaba hasta el coche, que había aparcado lo suficientemente lejos de la discoteca como para evitar la tentación de cogerlo en plena melopea.
Trató de recordar, por todos los medios, algo que le indicara qué había pasado esa noche entre cerveza y cerveza, entre cerveza y chupito, entre cubata y cubata, pero la parcela que debían ocupar sus recuerdos era un páramo yermo.  Le pareció que mirar el Whatsapp podía ser una buena referencia de la noche. Craso error.

El grupo de la cuadrilla era un hervidero, por no hablar de que la práctica totalidad de sus miembros le habían escrito por conversación privada. Casi todos los mensajes eran de una tendencia literaria próxima a Quevedo, Góngora, Bécquer y, en general, seguían la línea de los grandes poetas de la tradición castellana. Mensajes del estilo ‘folleti’, ‘puto crack’, ‘qué cabrón que ha ligao’, o la no tan conocida, pero igualmente célebre, cita de Shakespeare: ‘FUCKER!!’.

Se habría descojonado de lo cabrones que eran sus amigos si no fuera porque ahí, en medio de todos esos mensajes de ánimo, admiración, y ciertos tintes de envidia de sus amigos, se colaba una conversación abierta con su ex.

“Te echo de menos, siempre te he echado de menos”, decía aquel Whatsapp. Aquella lectura le pilló sentándose en el asiento del conductor de su coche. Y el volante lo pagó caro.

‘Gilipollas, si es que soy gilipollas…’, se repetía una y otra vez mientras golpeaba el logotipo de Volkswagen que, emisiones de CO2 a parte, no tenía ninguna cuenta pendiente con nadie. La ruta hasta casa, con banda sonora de Queen y cortesía de Rock FM, no podía resultar más paradójica. “Don’t stop me now, cause I’m having a good time. Don’t stop me now, yes, I’m having a good time, I don’t want to stop at all”. Y ahí estaba mientras él, conduciendo por pura inercia con cara de seta. Habría escupido en la cara al mismísimo Freddie Mercury por alardear de su felicidad en ese preciso instante.

La llegada a casa no fue más tranquila, todavía le quedaba el ‘tercer grado’ al que le iba a someter su madre por no haber dormido en casa. El bombazo que encontró en el whatsapp había hecho que no se percatara de las veinte llamadas perdidas que había recibido.


‘¿SE PUEDE SABER DÓNDE HAS DORMIDO?’. Y se abrió la veda. Joder, es que ni le había dado tiempo a cerrar la puerta. Tiró por la excusa fácil: ‘En casa de Iker, que se me hizo tarde’. ‘Podías haber avisado, estaba preocupada…’, y listo. No podía quejarse de la permisividad de su abnegada madre, a la que una disculpa le valía para obviar la desaparición momentánea de su único y, por tanto, más querido vástago.



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