‘Qué poco me dura la alegría,
joder’. Pensó en lo que llegaba hasta el coche, que había aparcado lo
suficientemente lejos de la discoteca como para evitar la tentación de cogerlo
en plena melopea.
Trató de recordar, por todos los
medios, algo que le indicara qué había pasado esa noche entre cerveza y
cerveza, entre cerveza y chupito, entre cubata y cubata, pero la parcela que
debían ocupar sus recuerdos era un páramo yermo. Le pareció que mirar el Whatsapp podía ser una
buena referencia de la noche. Craso error.
El grupo de la cuadrilla era un
hervidero, por no hablar de que la práctica totalidad de sus miembros le habían
escrito por conversación privada. Casi todos los mensajes eran de una tendencia
literaria próxima a Quevedo, Góngora, Bécquer y, en general, seguían la línea
de los grandes poetas de la tradición castellana. Mensajes del estilo
‘folleti’, ‘puto crack’, ‘qué cabrón que ha ligao’, o la no tan conocida, pero
igualmente célebre, cita de Shakespeare: ‘FUCKER!!’.
Se habría descojonado de lo
cabrones que eran sus amigos si no fuera porque ahí, en medio de todos esos
mensajes de ánimo, admiración, y ciertos tintes de envidia de sus amigos, se
colaba una conversación abierta con su ex.
“Te echo de menos, siempre te he
echado de menos”, decía aquel Whatsapp. Aquella lectura le pilló sentándose en
el asiento del conductor de su coche. Y el volante lo pagó caro.
‘Gilipollas, si es que soy
gilipollas…’, se repetía una y otra vez mientras golpeaba el logotipo de
Volkswagen que, emisiones de CO2 a parte, no tenía ninguna cuenta pendiente con
nadie. La ruta hasta casa, con banda sonora de Queen y cortesía de Rock FM, no
podía resultar más paradójica. “Don’t stop me now, cause I’m having
a good time. Don’t stop me now, yes, I’m having a good time, I don’t want to
stop at all”. Y ahí estaba mientras él, conduciendo por pura inercia con cara de seta. Habría escupido en la cara al mismísimo Freddie Mercury por
alardear de su felicidad en ese preciso instante.
La llegada a casa no fue más
tranquila, todavía le quedaba el ‘tercer grado’ al que le iba a someter su
madre por no haber dormido en casa. El bombazo que encontró en el whatsapp
había hecho que no se percatara de las veinte llamadas perdidas que había
recibido.
‘¿SE PUEDE SABER DÓNDE HAS
DORMIDO?’. Y se abrió la veda. Joder, es que ni le había dado tiempo a cerrar
la puerta. Tiró por la excusa fácil: ‘En casa de Iker, que se me hizo tarde’.
‘Podías haber avisado, estaba preocupada…’, y listo. No podía quejarse de la
permisividad de su abnegada madre, a la que una disculpa le valía para obviar
la desaparición momentánea de su único y, por tanto, más querido vástago.
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