En algún otro momento de su vida
habría aprovechado el anodino domingo de resaca que tenía por delante para
averiguar algo sobre su acompañante nocturna, pero no en ese. Bastante tenía
con lamentarse por aquel mensaje enviado a las 5.19, siempre te he echado de menos. Por lo menos, un único ‘tick’
indicaba que aquel mensaje no había sido leído por su destinataria. “El que no
se consuela es porque no quiere”, pensó, y borró la conversación como si
aquello parara todos los satélites e impidiera que el mensaje llegara. Como si
Jan Koum, CEO y cofundador de Whatsapp fuera a darse por aludido por ello y
pusiera a trabajar a todo el mundo en ello. Qué gilipollas podía llegar a ser…
Hacía casi seis meses de su
ruptura. Casi medio año de ese ‘tenemos que hablar’. Pocas frases a lo largo de
la historia de la humanidad consiguen acojonarte tanto en tan poco espacio. Y
él sabía que tenían que hablar pero
cuando escuchó la dichosa frase (la puta frase) en su boca, su mundo se vino
abajo. Lloró como sólo los niños lo hacen, y asintió a cada punzada que el speech de su (ex) novia le estaba
asestando como quien escucha el dogma de un líder espiritual. Sabía que tenía
razón. Siempre la tenía, la cabrona…
Con ella había pasado los cuatro
mejores años de su vida, y todo se estaba acabando, se marchitaba. ‘¿Qué le
vamos a hacer?’, pensó más en frío, y asumió que era lo mejor. Al fin y al
cabo, no se habían hecho daño. ‘Será mejor partir que desangrarnos’, que decía
Raúl Gutiérrez. Y partieron.
Todos sabemos qué pasa tras una ruptura.
Y no, no hablo de tarrinas de helado y Meg Ryan en televisión, que habéis visto
mucho cine. No sabes muy bien cómo se te ve desde fuera, pero a juzgar por cómo
te mira la gente y qué palabras te dedican, tu aspecto debe ser algo parecido a
un conejillo desvalido recostado sobre la cuneta de una carretera nacional. Pasa página y olvídate, tío pasan a ser una especie de Trend Topic permanente en
el Twitter de tu vida, y adquieren un carácter dogmático que llega a la ofensa.
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