viernes, 30 de octubre de 2015

Caos en la confusión + Sobredosis de azúcar

Bueno, rebuscando me he dado cuenta de que, entre ordenador de sobremesa, portátil y notas del móvil tengo unos quince textos a medio empezar. Textos que no van a ningún lado, para qué nos vamos a engañar, pero que no me gusta tener en el ostracismo.

Y es por ello que, siendo consciente de que por el puto desastre que soy no voy a conseguir sacar nada decente de ellos, he decidido hacer esta entrada del blog. Si ninguna de las previas tiene demasiado sentido, esta va a seguir con esa tónica, quizá elevada a su máximo exponente.

Se trata de ideas breves, incluso frases que no llegan a una línea de Word, pero que me gustaría publicar. De hecho, están prácticamente inconexas entre ellas, pero he diferenciado dos partes para que quede más o menos estructurado. Sin más dilatación (HUHEUHEUHEUEHUHEUE), a ello voy:


CAOS EN LA CONFUSIÓN


He aquí el apartado en el que están ideas que me hubiera gustado desarrollar, pero que por falta de ocurrencias, ganas o demás excusas baratas, no he podido.



“Creo firmemente que el concepto de amistad está, hoy en día, absolutamente desvirtuado.
La palabra ‘amigo’ se otorga hasta el punto de aplicar dicha consideración a personas a las que jamás contarías qué pasa por tu mente. A personas con las que lo máximo que puedes compartir es un chupito de Jaggermeister.
Lo siento, no contéis conmigo para corromper algo tan grande”. 


“Nunca he creído en Dios. Pero he de reconocer que siento ideas contradictorias por la gente que sí lo hace. Por un lado, envidio esa fe, ese creer que alguien te va a proteger de lo malo y te va a acompañar en aquello que emprendas.
Por el otro, me compadezco de que se precise de una falsa red de seguridad para saltar al vacío de la realidad”.


“Con el otoño, no puedo evitar quedarme empanado como un gilipollas mirando como caen las hojas de los árboles. Y pienso ‘joder, qué bien quedaría decir una frase trascendental en estos instantes, qué poético todo’. Pero todo en lo que puedo pensar es en que menuda movida recoger todo eso si cinco minutos después va a estar igual”.


“Si hay algo en esta vida a lo que le tengo asco es a la frase ‘es lo que hay’. No puedo evitar que me arda la sangre cada vez que me la dicen. Siempre me ha sonado a aceptar, de manera abnegada, algo que entiendes como negativo o erróneo.
Pero también me da mucho asco que al Colacao se le queden grumitos, por lo que mi criterio en cuanto al asco es, como poco, cuestionable”.

                                   
“Considero el hecho de plasmar mis sentimientos en un texto una forma buena de entenderlos. Con ello, al leerlos, puedo ser capaz de imaginar que lo ha escrito otro, y esa objetividad me ayuda a comprenderlos.
Lo cual no quita para que siga hecho un lío, oye, pero intentarlo lo habré intentado”.





SOBREDOSIS DE AZÚCAR


Y he aquí las frases, en su gran mayoría de una ñoñez insultante que me hubiera gustado incluir en textos, pero que por una falta latente de talento para la confección de este tipo de relatos no he podido utilizar. Van sueltas y sin vaselina, así que ale, ahí van.


“Me juré que nunca jamás te volvería a querer. Y, en cierto modo, no me mentí. Para volver a quererte necesitaría haber dejado alguna vez de hacerlo”.


“Sabes que lo haría todo por ti, pero me pediste lo único que ni se ni puedo hacer: olvidarte”.


“Como en un autoatentado, el cerebro se inmoló ante la ardua tarea de mentir para ocultar sus sentimientos que se le había encomendado”.


“Últimamente, los sentimientos más contradictorios se entrelazan en mi cabeza con una armonía casi absoluta”.


“Nos han vendido la moto del karma para que aprendamos a esperar una recompensa futura por nuestras buenas acciones. Os contaré un secreto: el karma no existe.”





Y como siempre, para acabar, una foto. Esta del bosque de Orgi. Gracias, as always, a los tres lectores.

:D






miércoles, 14 de octubre de 2015

¿Y tú qué dices corazón?

Entonces, se alejó. La tez más blanca y pura que había pisado este páramo, se alejó. Todos, y digo todos, entendimos que era lo mejor, que necesitábamos un cambio, y lo aceptamos como tal. Cuando hablo de todos, hablo de los componentes principales que componen el ser de este texto: Cabeza y Corazón.

-Venga, corazón, no me jodas, que habíamos dejado claro que estábamos de acuerdo, no me llores.
­­-Perdona, que ha sido un momentito solo de bajada, que aquí no pasa nada…

Cabeza también lloraba, pero se sabía capitán de la nave y no quería mostrar su debilidad ante el resto. Recordaba con cariño todo lo que había vivido con ella y sonreía. Recordaba que acababa de perderlo y se desmoronaba. Nunca había sido tan feliz. Nunca se había sentido tan comprendida, y eso era mucho decir, nadie le había comprendido antes.

Una ruptura supone una sensación de egocentrismo atroz. Crees que eres el centro del mundo, que tus problemas son los únicos importantes, que el mundo se para. Y no es así. La vida sigue, como bien te dice todo el mundo que pretende, con buena fe, ayudarte a superarla.

Y la vida siguió para ellos también.

Corazón avanzó, pasó página. Puso tiritas en todas y cada una de sus heridas y dejó que cicatrizaran. Cabeza no quiso preocupar a nadie, y asumió de manera unilateral el peso de la losa que acababan de recoger. 

Cuando Cabeza no está ordenada, pasa lo que pasa. Ve pasar el tiempo a un ritmo que conoce como irreal. Ve como los sentimientos más contradictorios acuden a ella y se van acomodando con una armonía casi total.

Busca y cree encontrar un punto de equilibrio que es capaz de sobrellevar, encuentra cierto acomodo en un caos que conoce, pero que no le preocupa. El mayor de sus problemas llega cuando ve que el Corazón empieza a actuar con más objetividad que la Cabeza, ahí sabe que está perdido. Las hostias siempre duelen, pero una hostia contra una realidad que no quieres aceptar es la más dolorosa de todas.

-Que no puedo más, Corazón, que yo lo dejo.
-Asúmelo. Asúmelo de una puta vez.


A base de charlas, más charlas y alguna que otra charla más, Corazón y Cabeza van llegando al punto de asunción de la realidad que debieron alcanzar hace mucho tiempo. Corazón se va calmando, no puede hacer nada para remediarlo. Cabeza ya tiene demasiadas cosas en las que pensar, y va aceptando que no siempre las cosas son como ella quiere. Nunca dejó de llevar ese peso. Y no quiere quitárselo de encima. Sabe que ese peso mental que dibujamos metafóricamente como una losa, no es tal. Y si lo es, es la losa de tez más blanca y pura del mundo, y lo único que quiere es portarla como el recuerdo que más sonrisas y buenos momentos le atrajo jamás. 



martes, 6 de octubre de 2015

Catorce años

Catorce años han pasado ya. Y todos los 6 de octubre me vuelve a invadir una sensación que por mucho que sigan cayendo los años creo que nunca voy a ser capaz de describir. Como cada año, esa sensación me empuja a la necesidad de escribir algo que mantenga vivo su recuerdo, aunque su recuerdo es mucho más que cualquier texto. Mucho más que ningún texto. Su recuerdo permanece nítido en el interior de todos aquellos que tuvimos el placer de compartir su vida, es más, de aquellos que tuvimos el honor de compartirla.

Su pérdida será siempre una losa que me acompañará toda la vida, pero que sin duda sería imposible de llevar si no hubiera conseguido extraer todo lo que aprendí de él. Fue poco tiempo el que lo tuve cerca, ocho años, aunque los suficientes para poner el andamiaje que ahora es mi compleja vida interior. No te preocupes, papá, mamá se desvivió por terminar esa obra.

Yo no soy creyente, pero él sí lo era. Según su cristiana forma de ver la vida y la muerte, a él se lo llevó Dios. ‘Qué cabrón’, pensaba en su día, aunque con más tiempo de por medio y procurando hacer un arduo ejercicio de empatía, puedo llegar a entenderle: a Dios le gusta rodearse de los mejores, y él era uno de ellos. Desde hace catorce años tiene a una de las mejores personas que pisarán mi vida junto a él.

Mi forma de verlo es mucho más terrenal y, por qué no decirlo, egoísta. Se fue demasiado pronto, ocho marzos viví con él. Habría necesitado otras tres vidas para poder disfrutar de todo lo que tenía que ofrecerme, y habría necesitado otras cinco o seis más para extraer todo el conocimiento y sabiduría que atesoraba.

Catorce años, que en 365 días serán quince, y que por muchos más que caigan, jamás borrarán la huella que dejaste, la del mejor padre que pudo haber, la del mejor padre que pude tener.


Te querré siempre.