martes, 6 de octubre de 2015

Catorce años

Catorce años han pasado ya. Y todos los 6 de octubre me vuelve a invadir una sensación que por mucho que sigan cayendo los años creo que nunca voy a ser capaz de describir. Como cada año, esa sensación me empuja a la necesidad de escribir algo que mantenga vivo su recuerdo, aunque su recuerdo es mucho más que cualquier texto. Mucho más que ningún texto. Su recuerdo permanece nítido en el interior de todos aquellos que tuvimos el placer de compartir su vida, es más, de aquellos que tuvimos el honor de compartirla.

Su pérdida será siempre una losa que me acompañará toda la vida, pero que sin duda sería imposible de llevar si no hubiera conseguido extraer todo lo que aprendí de él. Fue poco tiempo el que lo tuve cerca, ocho años, aunque los suficientes para poner el andamiaje que ahora es mi compleja vida interior. No te preocupes, papá, mamá se desvivió por terminar esa obra.

Yo no soy creyente, pero él sí lo era. Según su cristiana forma de ver la vida y la muerte, a él se lo llevó Dios. ‘Qué cabrón’, pensaba en su día, aunque con más tiempo de por medio y procurando hacer un arduo ejercicio de empatía, puedo llegar a entenderle: a Dios le gusta rodearse de los mejores, y él era uno de ellos. Desde hace catorce años tiene a una de las mejores personas que pisarán mi vida junto a él.

Mi forma de verlo es mucho más terrenal y, por qué no decirlo, egoísta. Se fue demasiado pronto, ocho marzos viví con él. Habría necesitado otras tres vidas para poder disfrutar de todo lo que tenía que ofrecerme, y habría necesitado otras cinco o seis más para extraer todo el conocimiento y sabiduría que atesoraba.

Catorce años, que en 365 días serán quince, y que por muchos más que caigan, jamás borrarán la huella que dejaste, la del mejor padre que pudo haber, la del mejor padre que pude tener.


Te querré siempre.



1 comentario:

  1. Sin palabras, sin poder comentar. Un nudo en la garganta, eso si. Besos.

    ResponderEliminar