Catorce años han pasado ya. Y todos los 6 de octubre me
vuelve a invadir una sensación que por mucho que sigan cayendo los años creo
que nunca voy a ser capaz de describir. Como cada año, esa sensación me empuja
a la necesidad de escribir algo que mantenga vivo su recuerdo, aunque su
recuerdo es mucho más que cualquier texto. Mucho más que ningún texto. Su
recuerdo permanece nítido en el interior de todos aquellos que tuvimos el
placer de compartir su vida, es más, de aquellos que tuvimos el honor de
compartirla.
Su pérdida será siempre una losa que me acompañará toda la
vida, pero que sin duda sería imposible de llevar si no hubiera conseguido
extraer todo lo que aprendí de él. Fue poco tiempo el que lo tuve cerca, ocho años,
aunque los suficientes para poner el andamiaje que ahora es mi compleja vida
interior. No te preocupes, papá, mamá se desvivió por terminar esa obra.
Yo no soy creyente, pero él sí lo era. Según su cristiana
forma de ver la vida y la muerte, a él se lo llevó Dios. ‘Qué cabrón’, pensaba
en su día, aunque con más tiempo de por medio y procurando hacer un arduo
ejercicio de empatía, puedo llegar a entenderle: a Dios le gusta rodearse de
los mejores, y él era uno de ellos. Desde hace catorce años tiene a una de las
mejores personas que pisarán mi vida junto a él.
Mi forma de verlo es mucho más terrenal y, por qué no
decirlo, egoísta. Se fue demasiado pronto, ocho marzos viví con él. Habría
necesitado otras tres vidas para poder disfrutar de todo lo que tenía que
ofrecerme, y habría necesitado otras cinco o seis más para extraer todo el
conocimiento y sabiduría que atesoraba.
Catorce años, que en 365 días serán quince, y que por muchos
más que caigan, jamás borrarán la huella que dejaste, la del mejor padre que
pudo haber, la del mejor padre que pude tener.
Te querré siempre.

Sin palabras, sin poder comentar. Un nudo en la garganta, eso si. Besos.
ResponderEliminar