Entonces, se alejó. La tez más blanca y pura que había
pisado este páramo, se alejó. Todos, y digo todos, entendimos que era lo mejor,
que necesitábamos un cambio, y lo aceptamos como tal. Cuando hablo de todos,
hablo de los componentes principales que componen el ser de este texto: Cabeza
y Corazón.
-Venga, corazón, no me jodas, que habíamos dejado claro que
estábamos de acuerdo, no me llores.
-Perdona, que ha sido un momentito solo de bajada, que
aquí no pasa nada…
Cabeza también lloraba, pero se sabía capitán de la nave y
no quería mostrar su debilidad ante el resto. Recordaba con cariño todo lo que
había vivido con ella y sonreía. Recordaba que acababa de perderlo y se
desmoronaba. Nunca había sido tan feliz. Nunca se había sentido tan
comprendida, y eso era mucho decir, nadie le había comprendido antes.
Una ruptura supone una sensación de egocentrismo atroz.
Crees que eres el centro del mundo, que tus problemas son los únicos
importantes, que el mundo se para. Y no es así. La vida sigue, como bien te
dice todo el mundo que pretende, con buena fe, ayudarte a superarla.
Y la vida siguió para ellos también.
Corazón avanzó, pasó página. Puso tiritas en todas y cada
una de sus heridas y dejó que cicatrizaran. Cabeza no quiso preocupar a nadie,
y asumió de manera unilateral el peso de la losa que acababan de recoger.
Cuando Cabeza no está ordenada, pasa lo que pasa. Ve pasar
el tiempo a un ritmo que conoce como irreal. Ve como los sentimientos más
contradictorios acuden a ella y se van acomodando con una armonía casi total.
Busca y cree encontrar un punto de equilibrio que es capaz
de sobrellevar, encuentra cierto acomodo en un caos que conoce, pero que no le
preocupa. El mayor de sus problemas llega cuando ve que el Corazón empieza a
actuar con más objetividad que la Cabeza, ahí sabe que está perdido. Las
hostias siempre duelen, pero una hostia contra una realidad que no quieres
aceptar es la más dolorosa de todas.
-Que no puedo más, Corazón, que yo lo dejo.
-Asúmelo. Asúmelo de una puta vez.
A base de charlas, más charlas y alguna que otra charla más,
Corazón y Cabeza van llegando al punto de asunción de la realidad que debieron
alcanzar hace mucho tiempo. Corazón se va calmando, no puede hacer nada para
remediarlo. Cabeza ya tiene demasiadas cosas en las que pensar, y va aceptando
que no siempre las cosas son como ella quiere. Nunca dejó de llevar ese peso. Y
no quiere quitárselo de encima. Sabe que ese peso mental que dibujamos
metafóricamente como una losa, no es tal. Y si lo es, es la losa de tez más
blanca y pura del mundo, y lo único que quiere es portarla como el recuerdo que
más sonrisas y buenos momentos le atrajo jamás.
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