lunes, 4 de enero de 2016

I

Abrió los ojos, y en ese momento descubrió la atroz resaca que se cernía sobre su cabeza. Se fijó en cada detalle de la habitación, pero ninguno le era familiar. Ni las paredes verdes, ni la estantería repleta de libros, ni la ropa tirada por el suelo… Ni siquiera aquella maraña de pelo rubio alborotado que tenía dormida al lado. Definitivamente, no sabía ni dónde ni con quién estaba, pero sí sabía lo que había hecho. O eso quería pensar. Sonrió como un gilipollas.

Supo que tenía que irse rápido y, a ser posible, con discreción. Creyó que era poco decoroso despertar a la joven para despedirse teniendo en cuenta que no tenía ni puta idea de cómo se llamaba. Pero a la vez consideró que contemplar su cuerpo desnudo bajo las sábanas por última vez era una acción cojonuda. Su escala de valores seguía borracha.

Se vistió como pudo y abandonó la casa, no sin antes comprobar que llevaba el móvil, la cartera, las llaves, y un paquete de pasiegos a medio empezar de la despensa. No se iba a ir sin desayunar, nos ha jodido.
Era domingo, y su cara de muerto viviente era totalmente opuesta a la de la gente de bien que iba a misa o a comprar el pan. Corroboró que ‘sólo’ eran las once. ‘No está mal’, se dijo. Habían pasado exactamente siete horas y cinco minutos de su última imagen mental: la del cabrón de Marcos pagándose una ronda de Jagger. Una arcada recorrió su cuerpo.

Y habían pasado exactamente cinco meses, catorce días y veintiún minutos desde que su mundo comenzó a tambalearse. Eso no le dio arcadas, fíjate. En un momento había pasado de ser el triunfador que salía de follar al desgraciado al que se le apilaban las dudas como los platos en el fregadero.

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