martes, 31 de mayo de 2016

The place to be.

Me ha vuelto a pasar. Me ha vuelto a ocurrir eso de tomar una decisión cuasi instantánea sobre algo en mi vida. En este caso, Breaking Bad. Como otras tantas obras audiovisuales que han pasado ante mis ojos, la he desechado al poco de empezar. “Es una obra maestra”, diréis, y no os quito la razón, adalides de la verdad, pero no me toca. No pulsa en mí nada que me haga querer seguir con ello. “No me llega”. Tampoco lo hizo Lost.

Y no os quito razón porque mi criterio para la selección y visualización de series y películas es, como poco, cuestionable. Que algunas de las películas que haya disfrutado más en los últimos tiempos sean (Connery) Infiltados en la Universidad o Deadpool avala mi teoría.

No solo en criterios serie-cinéfilos patino, cuidado.

Intenté, por todos los medios posibles, leer y disfrutar la novela “El viaje íntimo de la locura” de Roberto Iniesta, amparándome en mi gusto fervoroso por su obra músico-poética, pero que no, que no he podido ni siquiera terminarlo. No he podido superar el sopor que me transmitían las oníricas aventuras del protagonista. ¿Severino se llamaba? Ni de eso logro acordarme.

Sin embargo, en cinco minutos de Dulce Introducción al Caos, la primera parte de La Ley Innata, supe que sería, no solo mi disco favorito de Extremoduro, sino mi obra predilecta dentro del rock estatal.

La primera vez que fui a Eugi, a unos quince minutos de Pamplona, caí en la cuenta de que era uno de mis sitios favoritos. Quizá el hecho de que fuera verano, un atardecer especialmente agradable, y que el cielo se tornara en un color cercano al violeta ayudaron a que tomara esa decisión. Cuestión de sensaciones. Quizá por ello, la llegada del buen tiempo me empuja a ir todo lo que pueda a la orilla del pantano a por una cerveza fría. Es el sitio donde quiero estar cuando todo lo demás no ayuda. The place to be, que dicen.

Quizá, por esa pronta toma de decisiones, me esté perdiendo cosas, ¿quién sabe? ¿Quién sabe si he desechado cosas que podrían cambiar mi no memorable existencia por no haber dejado que me empapen durante más tiempo? Pero, oye, todavía no he tenido esa sensación. La confianza que le otorgo a mi criterio de toma de decisiones se basa, en esencia, en que esas decisiones se sustentan a lo largo del tiempo con hechos que las refrendan. Así de simple.

Supongo que es lo que pasa cuando tu cerebro decide delegar el proceso de valoración en el corazón, que lo racional se diluye y lo sentimental pasa a sentarse en el Trono de Hierro.

Quizá por ello mandé a la porra a Heisenberg en tan poco tiempo, o quizá por ello los desmanes del malogrado Severino no despertaron en mí nada más que apatía.


Quizá por ello, en cinco minutos de conversación supe que esos eran los ojos que quería ver y que esa era la voz que quería oír, no sé. The place to be.

Eugi.

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